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17 de octubre de 25

Lo que el entrenamiento me ha enseñado sobre la presencia

Lo que el entrenamiento me ha enseñado sobre la presencia

Lo que el entrenamiento me ha enseñado sobre la presencia

En una época de constante movimiento, en la que estar ocupado se considera a menudo un motivo de orgullo, aprender a reducir el ritmo se ha convertido en un superpoder. Para muchos, el deporte es sinónimo de sudor, intensidad y repetición. Pero para mí, como entrenador y como ser humano, el entrenamiento se ha convertido en algo más: una escuela de presencia. Un lugar donde el silencio enseña tanto como el movimiento. Un espacio donde el rendimiento no proviene de la fuerza, sino de la alineación.

La quietud no es ociosidad.

Los momentos de silencio entre series. La pausa antes de levantar peso. La forma en que se estabiliza la respiración tras un esfuerzo intenso. No son espacios vacíos. Lo son todo. Son el lugar donde realmente te encuentras contigo mismo.

He aprendido que la presencia no es pasiva. No se trata de quedarse quieto y no hacer nada. Se trata de vivir cada momento con intención. Cuando te entrenas de esta manera, no estás escapando de la vida, sino volviendo a ella. Estás escuchando, no solo a tu cuerpo, sino también a tu voz interior. Ese susurro que te dice lo que realmente necesitas hoy: ¿esforzarte? ¿Descansar? ¿Recuperarte?

En mi estudio privado de París, veo este cambio cada semana. Los clientes llegan pensando que necesitan «trabajar más duro». Lo que descubren es que necesitan sentir más.

La paradoja del esfuerzo

Paradójicamente, cuanto más profunda es tu presencia, más eficaz se vuelve tu entrenamiento. No más fuerte. No más rápido. Sino más inteligente. Levantas con mejor forma. Te mueves con una mecánica más limpia. Te recuperas más rápido. Reduces las lesiones. ¿Por qué? Porque la presencia te permite notar la tensión en los hombros, la desalineación de las caderas, la fatiga en la respiración.

Un estudio publicado en la revista Journal of Health Psychology reveló que el movimiento consciente aumenta significativamente tanto el disfrute del entrenamiento como la sostenibilidad de las rutinas a largo plazo. Los participantes que se centraron en señales internas durante sus entrenamientos, como la respiración y las sensaciones corporales, mostraron una mayor adherencia a lo largo del tiempo que aquellos que se centraron únicamente en métricas o estética.

Esto es lo que quiero para las personas a las que entreno: no solo unos abdominales más tonificados, sino una mejor relación con su cuerpo. No solo resultados, sino también conocimiento.

Del ruido al matiz

Hay una especie de elegancia en el movimiento cuando se realiza con conciencia. El tipo de movimiento que no grita. No lo necesita. Habla con matices. Con moderación. En la forma en que el pie toca el suelo o en el ritmo de la respiración durante una sentadilla a ritmo. Es esta elegancia la que he llegado a amar. No la actuación para los demás. Sino la actuación para uno mismo. La conversación con uno mismo.

Cuando entrenas solo, o incluso en un gimnasio abarrotado, es fácil dejar que el ruido te domine: la música, los espejos, las métricas. Pero en un entorno privado, la presencia se convierte en la norma. La distracción desaparece. El ego se desvanece. Lo que queda es la esencia del entrenamiento: atención, precisión, integridad.

La quietud también es recuperación.

La presencia no termina cuando finaliza la sesión. Continúa durante la recuperación. El estiramiento. La ducha. El camino a casa. Las comidas que ingieres. La forma en que duermes. Ese es el verdadero entrenamiento: cómo incorporas la sesión a tu vida.

La recuperación, a menudo descartada como «no hacer nada», es en realidad donde se produce la adaptación. Los músculos crecen, las hormonas se reequilibran, el sistema nervioso se regula. Sin ella, no hay transformación. La presencia te enseña a respetar esta fase. A no apresurarla. A no llenarla. Sino a dejar que haga su trabajo en silencio.

En este sentido, la presencia también es paciencia.

Por qué entreno como entreno

No creo en gritar por encima de la música para motivar a alguien. Creo en crear un espacio para que alguien pueda escucharse a sí mismo. No creo en soportar el dolor solo para demostrar algo. Creo en el progreso que respeta tu cuerpo y tu vida.

Todos los programas que diseño son personalizados. Pero más que eso, son intencionales. Se basan en el diálogo, no en imposiciones. En la presencia, no en la presión. Y con el tiempo, me he dado cuenta de que ese es el verdadero lujo del entrenamiento hoy en día: no el equipamiento ni la estética, sino el espacio. Un espacio donde puedas concentrarte de verdad. Donde no estés actuando. Donde simplemente estés presente.

Eso es lo que ofrezco en Louis Fabre Coaching en París: no solo fitness, sino claridad. Un retorno al yo. Una forma de moverse —y de ser— que perdura.

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Foto de LF sala privada